La vida que quiero: cómo se construyen trayectorias vocacionales y bienestar en la transición a la educación superior

Por Paz Céspedes Cárdenas

Un estudio con estudiantes de 26 establecimientos vinculados a la UCSC muestra que, antes de egresar de enseñanza media, la mayoría ya imagina rutas vocacionales “definidas”, y asocia el bienestar con sueños concretos: estabilidad, proyecto de vida y movilidad social.

El equipo del Programa de Acceso a la Educación Superior, PACE, de la UCSCS, publicó recientemente un capítulo sobre vocación, movilidad social y bienestar en el libro Well-Being and its Promotion in Educational Contexts.

Hay significados que se repiten cuando se les pregunta a estudiantes provenientes de contextos vulnerables cómo se ven en cinco años: terminar una carrera, encontrar un trabajo “en lo que me gusta”, independizarse, ayudar a la familia. A veces aparece un detalle mínimo —tener un perro, una casa— como si el futuro, por fin, tuviera dirección.

Esa mezcla de vocación y bienestar —lo que se sueña, lo que se teme, lo que se espera— es el corazón del capítulo Career Pathways and Subjective Wellbeing Perceived by Vulnerable Backgrounds Students, recientemente publicado en un libro de Editorial Springer, coordinado por académicos del Instituto de Bienestar Socioemocional, IBEM, de la Universidad del Desarrollo.

Más que “acceder”: acompañar para sostener el proyecto.

La democratización del acceso a la educación superior abre puertas, pero el capítulo plantea una idea decisiva: no basta con crear oportunidades, también se necesita preparar y acompañar a las y los jóvenes en la exploración de sus trayectorias, ahí aparece el bienestar como algo profundamente humano: sentido de vida, metas, funcionamiento en sociedad.

Con datos levantados en el marco del Programa PACE UCSC, el estudio siguió un diseño cualitativo longitudinal y descriptivo-interpretativo. Se aplicó una Bitácora Vocacional en dos momentos: 2022 (a 1.488 estudiantes de 3° medio) y 2023 (a 596 estudiantes de 4° medio), y luego se realizaron entrevistas semiestructuradas en 2024 con estudiantes que ya habían ingresado a educación superior en la institución.

Cuando la adolescencia está a meses de cerrar la etapa escolar, suele pensarse que todo es incertidumbre. Sin embargo, el capítulo encuentra algo interesante: la gran mayoría declara trayectorias vocacionales definidas.

De quienes respondieron la bitácora en 4° medio (596), 87,7% presentó una trayectoria definida, 10% difusa y 3% indefinida. Entre quienes luego ingresaron a educación superior (414), se mantiene un patrón similar: 88% definida, 9% difusa, 3% indefinida.

Y hay un hallazgo que aterriza la discusión en decisiones reales: entre estudiantes que ya cursaban educación superior, 58% presentaba concordancia entre la carrera declarada de interés en la bitácora de educación media y la carrera en la que efectivamente se matriculó; si se mira por “área de conocimiento” (un campo más amplio) en lugar de carrera, la concordancia sube a 79%.

Sin embargo, el dato no se lee como “todo está resuelto”, sino como una luz en el camino: cuando hay claridad, el bienestar se vuelve ruta y meta. En el abstract, las y los autores destacan que, según el grado de claridad del proyecto de vida, los estudiantes asocian bienestar con ideas simples y potentes: “cumplir sueños”, “tener un trabajo estable”, “ganar mi propio dinero”.

Bienestar: lo emocional, lo concreto y lo que da sentido

Para comprender el bienestar, el capítulo utiliza el modelo PERMA de Martin Seligman (emociones positivas, compromiso, relaciones, sentido y logros), y analiza los relatos de entrevistas con una malla temática basada en ese enfoque, aplicado a la transición entre educación media y superior.

En las entrevistas, los temas que más aparecen se ordenan así (por frecuencia): motivación (24,7%), metas y aspiraciones (22,2%), engagement (19,8%), sintonía afectiva (12,8%), y luego definición personal (10,8%) y sentido (9,9%).

De los significados elaborados, se concluye que el bienestar no es solo “estar bien”, es tener motivos, sostener metas, sentirse capaz, encontrar apoyo y —sobre todo— poder proyectarse. El capítulo muestra que, cuando los jóvenes hablan de motivación, aparecen nombres propios: familia, amistades, profesoras y profesores que confiaron en ellos y abrieron una puerta (“te abren un mundo”).

Y cuando hablan de metas, aparece una escena repetida: estudiar, especializarse, trabajar, lograr estabilidad y, muchas veces, “devolver la mano” a la familia.

Detrás del concepto “trayectoria definida” hay relatos con ternura y fuerza. Uno de ellos resume una forma de futuro posible: terminar una carrera, vivir en un departamento, sostener la vida cotidiana.

Y detrás de la “trayectoria difusa” no hay flojera ni apatía: hay jóvenes que quieren estudiar y trabajar, que se imaginan caminos alternativos y que buscan algo esencial: salir adelante, aunque el mapa todavía tenga zonas en blanco.

En otras palabras, el capítulo pone en el centro una verdad esperanzadora: la movilidad social también se juega en la imaginación. Cuando existen oportunidades y acompañamiento, los estudiantes no solo “postulan”: empiezan a escribir un proyecto de vida concreto, con metas y sentido.

Este trabajo ofrece una contribución clara para equipos escolares, programas de transición y universidades: acompañar la exploración vocacional no es un “extra”, es parte de sostener bienestar, permanencia y sentido en la transición.

Y quizás lo más importante: en contextos históricamente desaventajados, hablar de bienestar no es lujo. Es la forma más concreta de nombrar algo profundo: la posibilidad real de una vida distinta.

Enlace al capítulo: https://bit.ly/SpringerNatureLink